13 feb 2026

La magia esta en el aire

¡Hola! ¡¿Qué tal estáis?

Pensad en qué es lo primero, primerísimo, que os viene a la cabeza cuando pensáis en literatura fantástica, qué es lo que os sugiere. Para mí, sería la magia y no me refiero solo al uso literal, lanzando hechizos, conjuros o maldiciones. Me refiero a una sensación evocadora, a ese ambiente extraordinario que crean los escritores, a esa mística que nace alrededor de todo el entramado de un mundo imaginado.

 

Un claro del bosque con árboles altos dos niños vestids de magos y un par de mounstruos pequeños y adorables asomandose entre los troncos


Lo que daría porque mi historia transmitiera esa sensación. Por el momento me he de conformar con que la magia esté presente de la forma más explícita. Es aquí, amigas, no podía ser de otra manera, donde vienen las dudas y los lloros. ¿No los echabais de menos?

Os preguntaréis el porqué de mis penas respecto a este tema.

En absoluto. No podía importarnos menos.

Pues resulta que lo que yo pensaba que sería lo más sencillo, la magia: lanzar un rayo por aquí, crear un campo de fuerza por allá, lanzarle una bola de fuego a un kobodl… Se me ha complicado al tener que crear un sistema de magia. Es decir, poner límites, poner reglas, decidir cuándo, cómo, quién y dónde se puede usar. ¡Qué fastidio, yo quería que fuera libre!

 


Estoy de broma, pero no del todo. Es que me está costando decidir por dónde acotarla. Lo que iba a ser algo natural, desbocado e inexplicable, ahora ha de tener un porqué, tal vez un origen y alguna limitación. Comprendo por qué ha de ser así, lo de «lo hizo un mago» por toda explicación está muy pasado, pero sobre todo el que la magia esté bien delimitada, enriquece el mundo, la historia. Es algo así como las reglas de la física en el mundo real, están ahí las comprendamos o no (yo no, se me daba fatal la física).

Pero, me está costando horrores, ¿por qué es todo tan complicado? Bueno, en realidad la pregunta es: ¿por qué todo me resulta tan complicado? 

Porque eres un poco lela —susurra alguien cerca de mi oído.

He revisado blogs, libros y consejos varios acerca de la creación de un sistema mágico, de igual manera que lo hice para crear los personajes, las tramas, el ambiente… para que se adecue tanto a la historia como a mis capacidades, que ya sabemos que no son muchas. 

He decidido intentar algo simple, con sus leyes y límites, pero simple, aunque no me termina de convencer. A mi cabeza no se le ha ocurrido nada mejor que jugar con los elementos naturales. Es muy típico, lo sé, si hubiera siquiera intentado algo complejo, lo más probable es que hubiese acabado enredándome de más, como me pasó con el tema religioso y metiéndome en un berenjenal del que no sabría salir (¡tarde!).

La verdad es que me está causando cierta frustración y he comenzado a entrar en contradicciones varias; es por culpa de esta cabeza que es incapaz de enlazar dos ideas. ¿Es demasiado sencillo? Si es así, ¿por qué me está costando tanto? 

¡Lelaaa!, ¡lelaaaa! —un eco lejano resuena.

Pero es que, además, tengo esa vocecita (la muy pesada) que dice que debería buscar algo más trabajado, que el tema de los elementos está tan usado, que ya no tiene gracia alguna, que es de principiante (¡es lo que soy!). 

Entonces, ¿debería cambiarlo y hacer algo un poco más elaborado? Seguramente. Debería obligarme y poner a trabajar la neurona que me queda e intentar crear algo que, aunque no fuese único, no fuese tan tópico. ¡Pero es que no sé cómo!

Estoy pensando que para que alguien, si es que alguien lee esto, pueda darme su opinión, sería menester hablar un poco de cómo es la magia en la historia. Intentaré resumirlo sin contar demasiado, que hay que mantener el misterio. 

  • La magia es una esencia que está en todos lados y se basa en manipular los elementos naturales, aunque uso otra palabra para referirme a ellos.
  • No todos pueden usar la magia. Se necesita la capacidad de sentirla y después aprender a usarla. 
  • Nadie nace sabiendo usarla. No existen los usos de magia accidentales. Se puede aprender en academias, o con tutores y maestros. 
  • No es necesariamente cosa de ricos, existen becas y otros métodos «gratuitos».
  • Existe una superstición infundada: usar la magia acorta la vida, por eso la mayoría de la población no siente interés por usarla, aunque muchos podrían si aprendieran. 
  • Magos, hechiceros y druidas son los tres tipos básicos de «gente mágica», según cómo usen la magia. Cada uno de ellos tiene sus ventajas y sus límites. Hay algunos tipos más, pero usan los mismos principios y suelen usar una combinación de los tres tipos principales.
  • Hay otro tipo que usa magia prohibida; a falta de un nombre mejor, lo llamo nigromante, solo hasta que se me ocurra otro. Para este he pensado que lo adecuado, ya que rompe con las leyes, es que también intente romper los límites, por supuesto, con sus respectivas consecuencias. 
  • La magia no puede revivir muertos, tampoco puede crear algo de la nada; debe haber un algo y convertirlo en otro algo. Tampoco se puede crear fuego (de forma mágica).
  • En este mundo existen, además de los límites «naturales», leyes para limitar el uso y que los que la usan no tengan una ventaja sobre las personas que no la usan. Se aplican, por ejemplo, a juegos de azar, eventos deportivos y toda aquella actividad en la que haya que competir. Tampoco se puede usar para engañar, manipular o falsificar en cualquier actividad ejercida por cargos públicos, como ganar dinero o influencia de forma ilícita.

Esto es lo básico, no me atrevo a contar más, no es que guarde sorpresas increíbles nunca imaginadas, pero podría destripar parte de la historia si lo hago.

Aunque falten algunos datos, es evidente que es bastante sencillo; creo que para mis capacidades no está mal del todo. Es la parte de los elementos la que me chirría y que no sé cómo cambiar. Mi temor es que, si lo cambio, comience a embarullarlo todo y se convierta en un caos infinito del que no saque nada en claro. 

Entonces, ¿debería dejarlo como está, cambiar lo de los elementos y rezar para no hacerme un lío, o comenzar de cero?

Cuatro siluetas de colores que muestran las opciones si y no 

No sé si es que no me esfuerzo lo suficiente o qué es lo que ocurre, pero os aseguro que no doy más de mí. Ojalá hacer algo bien. En fin, voy a ver si consigo sacar algo en claro.

Hasta otro día.

7 feb 2026

¡Ay, diositos!

¡Buenas, buenas!

Vais a comprobar que soy muy desordenada y mi forma de organizarme es bastante caótica. Salto de un tema a otro sin haber terminado el primero con una facilidad pasmosa, siento decir que así es como funciona mi cerebro. Es como una especie de impulso y si no le hago caso, me bloqueo y no puedo continuar por más que me obligue. 

Pues bien, si las semanas anteriores mi obsesión se centró en los personajes y, sobre todo, en sus nombres, en esta la atención va para las religiones, los cultos y sus respectivos dioses. ¿Por qué? Pues no sé si tengo respuesta para eso, digamos que era su turno, sin más.

 


Os aseguro que me da muchísima pereza las historias en las que hay intervenciones divinas o en las que las creencias abarcan gran parte de la historia. No es un tema que me resulte interesante y, sin embargo, ahora es una parte importante de la trama, y no estoy muy contenta.

A ver, eso tiene fácil solución —me mira y hace el gesto de cortar con los dedos

Esto lo habré comentado demasiadas veces ya, pero mi idea era escribir una historia de un grupo de amigos que han de salir para hacer un par de recados y luego regresar a casa. Nada, ir y volver, sin más. No sé en qué momento comenzó a descontrolarse tanto. 

Cuando comencé, me juré que no tocaría el tema, ni para negar ni para afirmar que hubiese algún tipo de culto, no era importante. Por lo visto, tengo muy poca palabra y ninguna fiabilidad.  

Mientras planificaba, mi cabeza se puso a jugar inventando escenas y conversaciones. Hubo un momento en el que pensé que algún personaje debería decir un comentario del estilo de «¡Por los tentáculos de Cthulhu!», pero refiriéndose a algún dios propio. Y, claro, tuve que pensar un nombre para ese ser, y si tenía un nombre, había de ser dios de algo, tener un propósito. Por supuesto, ahora necesitaba un contexto y amiguitos dioses y, si había más de un dios, habría distintos cultos. Si había gente que los veneraba, habría sacerdotes, habría templos… Y así, amigas, es cómo me complico yo la existencia. 

Me enredé y me enredé, hasta que ya no supe salir y la cosa se fue de madre. Por una maldita ocurrencia, una frase aleatoria sin importancia, ahora tengo todo un cónclave divino que dirigir. 

 


Y, claro, todo ese trabajo lo quise incluir en la historia, había que aprovecharlo, y no veáis cómo lo aproveché. De anecdótico ha pasado a ser crucial en la trama, trasfondo y motivaciones de uno de los personajes relevantes, para que veáis lo fácil que pierdo el control sobre mis propios principios.

Pero eso no es todo, para que veáis hasta dónde llega el enredo, tengo pensadas otras dos historias relacionadas con estos dioses y sus cultos, que no verán la luz, al menos de momento. No caben aquí y me siento incapaz de llevarlas en paralelo a esta, estoy segura de que enloquecería si lo intentara.

Unos párrafos arriba, mi amiga ha sugerido que corte por lo sano, ya lo había pensado, pero ahora me resulta imposible. Lo he integrado tanto en la historia que, al hacerlo, perdería motivos, tramas e incluso explicaciones para acciones y decisiones de algunos personajes. Estoy atrapada, no he encontrado cómo reemplazarlo y lo poco que se me ocurría me parecía forzado o ridículo, así que me he rendido.

 —¡La has cagao! Ja, ja, ja… Espera…, ¿desde cuándo somos amigas?

Lo que me preocupa ahora es no saber cómo tratar bien el tema. Necesito que uno de los personajes sienta tanta devoción que todos sus actos y deseos estén influenciados por sus creencias. Pero no sé si seré capaz de presentarlo de forma que muestre su devoción, que sus actuaciones se vean justificadas por su forma de pensar, independientemente de si al resto les parecen actos malvados.

Al mismo tiempo, también me gustaría representar personajes que opinen todo lo contrario, incluso despreciando todo lo que tenga que ver con lo religioso. ¿Cómo logro esa diferenciación sin que este conflicto gane tanta importancia que anule la trama principal? Lo último que quiero es que se convierta en un conflicto teológico entre personajes, no sabría llevarlo y además me resultaría aburridísimo.

Tengo que ver la forma de aligerar el tema, tratarlo como un conflicto menor sin romper la historia, porque me está gustando lo que estoy construyendo, solo que siento que pierdo el control con demasiada asiduidad. ¡No se puede ser tan volátil, leñe! 

¿Por dónde corto? El problema será rellenar esos cortes de forma que tenga sentido, que tenga lógica y que resulte interesante, y nada de lo que se me ocurre me parece aceptable.

Una posibilidad que se me ocurrió, y que es bastante tonta e inservible, fue: en lugar de deshacerme de los dioses, quitarles el rango. Es decir, convertirlos en otra raza, una que fuera superior en poderes y otros aspectos. Habría ciertas personas que aceptarían esta superioridad y los venerarían. Pero me di cuenta de que era absurdo, primero porque los propios personajes los estarían convirtiendo en dioses aun cuando yo hubiese dejado de usar esa palabra, y segundo, en lugar de simplificar la historia, que es lo que pretendía, la estaba complicando porque debería crear una nueva explicación alrededor de esta opción. Las otras soluciones que se me ocurrieron no las recuerdo bien, pero estoy segura de que eran igual de inservibles.

Sé que tengo que simplificar, aplicar eso de: «menos es más», pero no sé ni por dónde empezar.  

No encuentro solución para esto, ni tampoco consigo decidirme, mis propios pensamientos comienzan a ser confusos y contradictorios.

¡Ay, diositos! Mandadme una señal, ¡plis!

Nos vemos en otra entrada, si es que sobrevivo. ¡Chao! 

1 feb 2026

Las razas en fantasía

¡Buenas!

Hoy vengo con una duda nueva.

—¿Otra? ¡Menuda sorpresa!

Por si no habéis leído la anterior entrada, estuve trasteando con los personajes: nombres y esas cosas. Ya que estaba metida en faena, me puse también a escribir algo de sus trasfondos, habilidades, apariencia… Asociado al aspecto, me vino la idea de las razas o los pueblos, que en la literatura fantástica es bastante habitual, aunque no imprescindible, claro.

Entonces me planteé si usarlas o no. Cuando la historia comenzó a formarse en mi cabeza, imaginé que algunos de los personajes no eran humanos, ya sabéis: elfos, orcos, goblins y demás criaturas del imaginario.

Pero ahora estoy en un punto en el que no sé si esta elección me ayuda o me limita a la hora de crear personajes o en el desarrollo de la narración. Además, está el tema de la originalidad, no es que el que sean humanos sea novedoso, me refiero al uso continuado de las mismas razas.

Tanto si las uso como si no, tengo la sensación de estar cayendo en uno de esos errores de «novatilla», de esos que dejan patente la inexperiencia de una, la falta de imaginación y, tal vez, las ganas de ofrecer algo interesante, y os aseguro que esto último no es el caso. Soy algo vaga y no muy constante, pero quiero sacar esto adelante, aunque me lleve una eternidad, pero sobre todo quiero hacerlo lo mejor que pueda.

Eso no tiene ningún sentido, te contradices tú sola.

 

 
 

Supongo que la pregunta que debería hacerme sería: ¿las razas son importantes para el progreso de la historia? La respuesta es que no, ni para la trama en general, ni para las secundarias, porque no hay ningún conflicto que aborde este tema concreto.

En realidad, no importa que un personaje sea, por ejemplo, un elfo, un gnomo o un humano; lo importante de ellos son sus habilidades y las capacidades para reaccionar a lo que sucede a lo largo de la historia. Los problemas que han de enfrentar no están relacionados en absoluto con el pueblo o la etnia a la que pertenecen.  

Entonces, ¿por qué establecerlas desde un principio? Esta respuesta es muy fácil: porque me gusta. Era incapaz de imaginar todo un mundo mágico habitado solo por humanos. 

Se puede ser humano y hacer uso de la magia, solo lo dejo caer.  

Cierto, pero resulta muy fácil dejarme llevar por el proceso de construcción del mundo e intentar meter cuanta cosa descabellada que se me pase por la cabeza. Aun así, creo que es necesario que deseche algunas ideas, comienzo a ser consciente de que estoy «creando» por encima de mis posibilidades. Debería comenzar a plantearme la necesidad de desechar cualquier elemento que no aporte nada relevante, tanto por el bien de la historia como de mi salud mental, y las razas podrían ser uno de esos descartes.

No consigo decidirme. ¡Ayuda!

 

Señor a punto de ahogarse en el  mar levanta un brazo pidiendo ayuda. Debajo hay un texto que pone: Help! Help!

 

He intentado razonar conmigo misma y resulta que soy un poco cabezota, pero he logrado llegar a algunas conclusiones. No sé hasta qué punto haya acertado, solo espero que me ayuden a decidirme por un camino u otro.

Por un lado, creo que señalar las razas, además de aportar variedad, ayuda a establecer los rasgos concretos y representativos de los distintos personajes. Podría tener un cometido simbólico o metafórico (que yo no sabría hacer), o ayudar en la trama: pueblos enfrentados, guerras, discriminación o represiones por cuestión de raza, son algunas de las cosas que se me ocurren. Básicamente me ayudaría a hacer descripciones más diferenciadas de cada personaje.

Por otra parte, pienso que al presentar a un personaje de una raza demasiado reconocible y común, me lleve a usarla de forma estereotipada, con los rasgos y capacidades establecidas, y me olvide de «innovar», de imaginar algo propio. 

 No, si aún se creerá que va a reinventar la literatura. Innovar, dice.

Si quisiera incluir en mi historia elfos, enanos y orcos, por poner un ejemplo, ¿qué se esperaría de ellos? Los elfos deberían ser los más bellos, los enanos estar siempre cabreados y los orcos ser desagradables y malvados. Y de eso es de lo que quiero huir, de que me fuerce a que todos los individuos de una raza sean clones. Por supuesto, a un escritor con suficiente experiencia o talento no le sucedería, pero para mí creo que sería fácil cometer este error. 

Parecería que lo tengo claro y que la decisión es fácil, pero no lo es, quiero razas distintas en mi historia, pero no sé cómo gestionarlo bien. Si su uso es meramente decorativo, si no aporta nada interesante, lo mismo me valdría que fueran todos humanos o al menos no darle importancia a ese rasgo. Eso es lo que dice mi cabeza, pero mi corazoncito y las horas que he pasado entre libros del género dicen lo contrario. Será que me he dejado influenciar demasiado. 

Antes de que me acecharan estas dudas, en los inicios de la creación de personajes les asigné algunas razas típicas y estaba feliz con mi elección. Después comencé a preguntarme si debería hacer algo para desmarcarme, algo que me distinguiera de los demás. Mirad si soy imaginativa y original, que solo se me ocurrió cambiar el nombre y modificar algunos atributos. Muchas de esas «nuevas razas» las descarté, eran ridículas, pero me llevó a inventar algunas que me gustan bastante.

 —Me parece que «inventar» es una palabra demasiado grande para este caso.

 Y ahora dudo de si sea conveniente usarlas. No me gustaría que me acusaran de «copiona».

—Qué va, mujer, si nadie te va a leer.

Son miedos muy absurdos, teniendo en cuenta que surgen de improviso, como las setas o las malas hierbas, aunque no tengan el más mínimo sentido.

Sé que haga lo que haga, recibiré críticas, unas malas y otras peores, y que no debería importarme, pero la cabeza funciona por sí misma, es difícil controlarla, y las dudas van surgiendo, yo qué sé.

En fin, que sigo indecisa, esta vez la turra no ha servido para despejar la mente y tomar una decisión. La razón me dice que no son necesarias y que, además, son complicadas, mientras que otra parte de mí, menos lógica y práctica, me anima a incorporarlas sea como sea. 

¿Qué hago? ¿Qué-ha-go?