7 feb 2026

¡Ay, diositos!

¡Buenas, buenas!

Vais a comprobar que soy muy desordenada y mi forma de organizarme es bastante caótica. Salto de un tema a otro sin haber terminado el primero con una facilidad pasmosa, siento decir que así es como funciona mi cerebro. Es como una especie de impulso y si no le hago caso, me bloqueo y no puedo continuar por más que me obligue. 

Pues bien, si las semanas anteriores mi obsesión se centró en los personajes y, sobre todo, en sus nombres, en esta la atención va para las religiones, los cultos y sus respectivos dioses. ¿Por qué? Pues no sé si tengo respuesta para eso, digamos que era su turno, sin más.

 


Os aseguro que me da muchísima pereza las historias en las que hay intervenciones divinas o en las que las creencias abarcan gran parte de la historia. No es un tema que me resulte interesante y, sin embargo, ahora es una parte importante de la trama, y no estoy muy contenta.

A ver, eso tiene fácil solución —me mira y hace el gesto de cortar con los dedos

Esto lo habré comentado demasiadas veces ya, pero mi idea era escribir una historia de un grupo de amigos que han de salir para hacer un par de recados y luego regresar a casa. Nada, ir y volver, sin más. No sé en qué momento comenzó a descontrolarse tanto. 

Cuando comencé, me juré que no tocaría el tema, ni para negar ni para afirmar que hubiese algún tipo de culto, no era importante. Por lo visto, tengo muy poca palabra y ninguna fiabilidad.  

Mientras planificaba, mi cabeza se puso a jugar inventando escenas y conversaciones. Hubo un momento en el que pensé que algún personaje debería decir un comentario del estilo de «¡Por los tentáculos de Cthulhu!», pero refiriéndose a algún dios propio. Y, claro, tuve que pensar un nombre para ese ser, y si tenía un nombre, había de ser dios de algo, tener un propósito. Por supuesto, ahora necesitaba un contexto y amiguitos dioses y, si había más de un dios, habría distintos cultos. Si había gente que los veneraba, habría sacerdotes, habría templos… Y así, amigas, es cómo me complico yo la existencia. 

Me enredé y me enredé, hasta que ya no supe salir y la cosa se fue de madre. Por una maldita ocurrencia, una frase aleatoria sin importancia, ahora tengo todo un cónclave divino que dirigir. 

 


Y, claro, todo ese trabajo lo quise incluir en la historia, había que aprovecharlo, y no veáis cómo lo aproveché. De anecdótico ha pasado a ser crucial en la trama, trasfondo y motivaciones de uno de los personajes relevantes, para que veáis lo fácil que pierdo el control sobre mis propios principios.

Pero eso no es todo, para que veáis hasta dónde llega el enredo, tengo pensadas otras dos historias relacionadas con estos dioses y sus cultos, que no verán la luz, al menos de momento. No caben aquí y me siento incapaz de llevarlas en paralelo a esta, estoy segura de que enloquecería si lo intentara.

Unos párrafos arriba, mi amiga ha sugerido que corte por lo sano, ya lo había pensado, pero ahora me resulta imposible. Lo he integrado tanto en la historia que, al hacerlo, perdería motivos, tramas e incluso explicaciones para acciones y decisiones de algunos personajes. Estoy atrapada, no he encontrado cómo reemplazarlo y lo poco que se me ocurría me parecía forzado o ridículo, así que me he rendido.

 —¡La has cagao! Ja, ja, ja… Espera…, ¿desde cuándo somos amigas?

Lo que me preocupa ahora es no saber cómo tratar bien el tema. Necesito que uno de los personajes sienta tanta devoción que todos sus actos y deseos estén influenciados por sus creencias. Pero no sé si seré capaz de presentarlo de forma que muestre su devoción, que sus actuaciones se vean justificadas por su forma de pensar, independientemente de si al resto les parecen actos malvados.

Al mismo tiempo, también me gustaría representar personajes que opinen todo lo contrario, incluso despreciando todo lo que tenga que ver con lo religioso. ¿Cómo logro esa diferenciación sin que este conflicto gane tanta importancia que anule la trama principal? Lo último que quiero es que se convierta en un conflicto teológico entre personajes, no sabría llevarlo y además me resultaría aburridísimo.

Tengo que ver la forma de aligerar el tema, tratarlo como un conflicto menor sin romper la historia, porque me está gustando lo que estoy construyendo, solo que siento que pierdo el control con demasiada asiduidad. ¡No se puede ser tan volátil, leñe! 

¿Por dónde corto? El problema será rellenar esos cortes de forma que tenga sentido, que tenga lógica y que resulte interesante, y nada de lo que se me ocurre me parece aceptable.

Una posibilidad que se me ocurrió, y que es bastante tonta e inservible, fue: en lugar de deshacerme de los dioses, quitarles el rango. Es decir, convertirlos en otra raza, una que fuera superior en poderes y otros aspectos. Habría ciertas personas que aceptarían esta superioridad y los venerarían. Pero me di cuenta de que era absurdo, primero porque los propios personajes los estarían convirtiendo en dioses aun cuando yo hubiese dejado de usar esa palabra, y segundo, en lugar de simplificar la historia, que es lo que pretendía, la estaba complicando porque debería crear una nueva explicación alrededor de esta opción. Las otras soluciones que se me ocurrieron no las recuerdo bien, pero estoy segura de que eran igual de inservibles.

Sé que tengo que simplificar, aplicar eso de: «menos es más», pero no sé ni por dónde empezar.  

No encuentro solución para esto, ni tampoco consigo decidirme, mis propios pensamientos comienzan a ser confusos y contradictorios.

¡Ay, diositos! Mandadme una señal, ¡plis!

Nos vemos en otra entrada, si es que sobrevivo. ¡Chao!