¡Buenas!
Hoy vengo con una duda nueva.
—¿Otra? ¡Menuda sorpresa!
Por si no habéis leído la anterior entrada, estuve trasteando con los personajes: nombres y esas cosas. Ya que estaba metida en faena, me puse también a escribir algo de sus trasfondos, habilidades, apariencia… Asociado al aspecto, me vino la idea de las razas o los pueblos, que en la literatura fantástica es bastante habitual, aunque no imprescindible, claro.
Entonces me planteé si usarlas o no. Cuando la historia comenzó a formarse en mi cabeza, imaginé que algunos de los personajes no eran humanos, ya sabéis: elfos, orcos, goblins y demás criaturas del imaginario.
Pero ahora estoy en un punto en el que no sé si esta elección me ayuda o me limita a la hora de crear personajes o en el desarrollo de la narración. Además, está el tema de la originalidad, no es que el que sean humanos sea novedoso, me refiero al uso continuado de las mismas razas.
Tanto si las uso como si no, tengo la sensación de estar cayendo en uno de esos errores de «novatilla», de esos que dejan patente la inexperiencia de una, la falta de imaginación y, tal vez, las ganas de ofrecer algo interesante, y os aseguro que esto último no es el caso. Soy algo vaga y no muy constante, pero quiero sacar esto adelante, aunque me lleve una eternidad, pero sobre todo quiero hacerlo lo mejor que pueda.
—Eso no tiene ningún sentido, te contradices tú sola.
Supongo que la pregunta que debería hacerme sería: ¿las razas son importantes para el progreso de la historia? La respuesta es que no, ni para la trama en general, ni para las secundarias, porque no hay ningún conflicto que aborde este tema concreto.
En realidad, no importa que un personaje sea, por ejemplo, un elfo, un gnomo o un humano; lo importante de ellos son sus habilidades y las capacidades para reaccionar a lo que sucede a lo largo de la historia. Los problemas que han de enfrentar no están relacionados en absoluto con el pueblo o la etnia a la que pertenecen.
Entonces, ¿por qué establecerlas desde un principio? Esta respuesta es muy fácil: porque me gusta. Era incapaz de imaginar todo un mundo mágico habitado solo por humanos.
—Se puede ser humano y hacer uso de la magia, solo lo dejo caer.
Cierto, pero resulta muy fácil dejarme llevar por el proceso de construcción del mundo e intentar meter cuanta cosa descabellada que se me pase por la cabeza. Aun así, creo que es necesario que deseche algunas ideas, comienzo a ser consciente de que estoy «creando» por encima de mis posibilidades. Debería comenzar a plantearme la necesidad de desechar cualquier elemento que no aporte nada relevante, tanto por el bien de la historia como de mi salud mental, y las razas podrían ser uno de esos descartes.
No consigo decidirme. ¡Ayuda!

He intentado razonar conmigo misma y resulta que soy un poco cabezota, pero he logrado llegar a algunas conclusiones. No sé hasta qué punto haya acertado, solo espero que me ayuden a decidirme por un camino u otro.
Por un lado, creo que señalar las razas, además de aportar variedad, ayuda a establecer los rasgos concretos y representativos de los distintos personajes. Podría tener un cometido simbólico o metafórico (que yo no sabría hacer), o ayudar en la trama: pueblos enfrentados, guerras, discriminación o represiones por cuestión de raza, son algunas de las cosas que se me ocurren. Básicamente me ayudaría a hacer descripciones más diferenciadas de cada personaje.
Por otra parte, pienso que al presentar a un personaje de una raza demasiado reconocible y común, me lleve a usarla de forma estereotipada, con los rasgos y capacidades establecidas, y me olvide de «innovar», de imaginar algo propio.
—No, si aún se creerá que va a reinventar la literatura. Innovar, dice.
Si quisiera incluir en mi historia elfos, enanos y orcos, por poner un ejemplo, ¿qué se esperaría de ellos? Los elfos deberían ser los más bellos, los enanos estar siempre cabreados y los orcos ser desagradables y malvados. Y de eso es de lo que quiero huir, de que me fuerce a que todos los individuos de una raza sean clones. Por supuesto, a un escritor con suficiente experiencia o talento no le sucedería, pero para mí creo que sería fácil cometer este error.
Parecería que lo tengo claro y que la decisión es fácil, pero no lo es, quiero razas distintas en mi historia, pero no sé cómo gestionarlo bien. Si su uso es meramente decorativo, si no aporta nada interesante, lo mismo me valdría que fueran todos humanos o al menos no darle importancia a ese rasgo. Eso es lo que dice mi cabeza, pero mi corazoncito y las horas que he pasado entre libros del género dicen lo contrario. Será que me he dejado influenciar demasiado.
Antes de que me acecharan estas dudas, en los inicios de la creación de personajes les asigné algunas razas típicas y estaba feliz con mi elección. Después comencé a preguntarme si debería hacer algo para desmarcarme, algo que me distinguiera de los demás. Mirad si soy imaginativa y original, que solo se me ocurrió cambiar el nombre y modificar algunos atributos. Muchas de esas «nuevas razas» las descarté, eran ridículas, pero me llevó a inventar algunas que me gustan bastante.
—Me parece que «inventar» es una palabra demasiado grande para este caso.
Y ahora dudo de si sea conveniente usarlas. No me gustaría que me acusaran de «copiona».
—Qué va, mujer, si nadie te va a leer.
Son miedos muy absurdos, teniendo en cuenta que surgen de improviso, como las setas o las malas hierbas, aunque no tengan el más mínimo sentido.
Sé que haga lo que haga, recibiré críticas, unas malas y otras peores, y que no debería importarme, pero la cabeza funciona por sí misma, es difícil controlarla, y las dudas van surgiendo, yo qué sé.
En fin, que sigo indecisa, esta vez la turra no ha servido para despejar la mente y tomar una decisión. La razón me dice que no son necesarias y que, además, son complicadas, mientras que otra parte de mí, menos lógica y práctica, me anima a incorporarlas sea como sea.
¿Qué hago? ¿Qué-ha-go?