¡Hola!
Aquí sigo, un día más, con la planificación y con los lloros, ninguna novedad. Reconozco que me gusta esto de venir y soltar todas mis miserias «escritoriles», me desahogo y además me sirve para reflexionar y motivarme.
Sigo estancada con la mundografía, pero he decidido tomármelo con filosofía y paciencia, aparcarla un poquito y ponerme con otras cosas mientras se enciende la bombilla. La cuestión es avanzar por alguna parte, aunque es cierto que lo tengo todo algo desorganizado, ha de ser eso por lo que no avanzo. ¡Nah!

Entretanto me he puesto con los personajes. Los importantes los tengo más o menos claros, falta pulir un poco las fichas: trasfondos, motivos y motivaciones, y bueno, el resto de cosas que creo que voy a necesitar para presentarlos durante la historia, pero hoy no me ha apetecido profundizar demasiado. Bueno, sí, aún me falta mucho trabajo con ellos, para qué mentir, pero digamos que la motivación va ligada a si las ideas fluyen o no, y esta vez no ha sido el caso.
Por eso me he puesto a decidir qué hago con los secundarios y los figurantes (no sé si se les llaman así). Pienso que la mayoría no necesitarán una ficha muy completa, con unos pocos apuntes sobre el aspecto, tal vez dos líneas de trasfondo, dónde se encuentran y cómo se relacionan con alguno de los importantes, debería ser suficiente (lo más probable es que en otro momento les cree todo un pasado con árbol genealógico incluido).
Aunque cueste imaginarlo, lo que más me está costando es ponerles nombres, no es que no les encuentre uno, tengo un montón (estoy aprovechando las listas), lo que me cuesta es decidirme, ¡me gustan casi todos! El problema es que cuando me gusta uno, tengo la sensación de estar «malgastándolo» con personajes que van a aparecer durante dos frases, así que lo descarto y lo reservo para otra ocasión, entonces he de buscar otro que no me guste tanto. Así puedo pasarme una hora sin darme cuenta. Lo de perder el tiempo se me da bastante bien.
Por cierto, he estado pensando.
—¡Pensando dice, ja!
—¡Hombre, tú por aquí!, te estaba echando de menos —me seco una lagrimita.
¿Cómo elegís los nombres para vuestros personajes? Nadie me ha preguntado a mí, pero lo voy a explicar de todas formas. He optado por algo sencillo, nombres en castellano, pero antiguos y a poder ser simples y cortos, así me evito complicarme la vida y olvidarme de cómo los he escrito.
Sé que no es muy de fantasía que un personaje con apariencia élfica o de orco de la sabana se llame, no sé, Amparo, no queda ni épico, ni místico, ni mucho menos fantástico, pero es que no sabéis lo que me fastidia no poder pronunciar según qué nombres.
Es decir, ¿es absolutamente necesario poner tres consonantes seguidas, un guion, un apóstrofe, no sé cuántas «h» intercaladas y caracteres vikingos para que luego se termine pronunciando como «Copito», por ejemplo? Que hay veces que no sé si es que la gente se dedica a aporrear el teclado y lo que salga lo da por bueno. No sé vosotras, pero yo a los dos minutos he olvidado cómo leches se llamaba tal personaje, o si ese era el malo o el amigo del prota.
—Ea, a, ya pasó, no se me enfurruñe, anciana, que le sube la tensión…
Es una queja de señora mayor, que es lo que soy, pero no sé de donde viene esta moda. Entiendo que no llames a tus protas venidos del espacio exterior María y Pepe, pero digo yo que algo entre medias podrás encontrar; yo las imagino consultando en la ficha cada dos por tres cómo se escribía el nombre, «¿Qué iba primero, la «q», la «z» o la «k»?». Es lo que haría yo, seguro.
Yo también he inventado un par de nombres, pero he procurado que se entendieran en castellano, pero sobre todo que fueran fáciles de recordar. ¡Uy!, esto último ha sonado muy prepotente y a superioridad moral.
Olvidad lo que os he dicho, no iba en serio, de verdad. Escribid como queráis, disfrutad escribiendo y leyendo, sed felices construyendo vuestro mundo y a sus habitantes y llamadlos como más os guste. Lo que pasa es que soy un poco vaga y quiero tener que pensar lo justo y necesario, no es original ni novedoso, pero sí bastante cómodo.
Hay otra forma de poner nombres que me causa cierta gracia y que no había pensado en usar hasta ese instante (veis, dar la turra me sirve para pensar y que se me ocurran cosas). Es cuando a los personajes les ponen nombre de cosas, cosas útiles, animales, partes del cuerpo… Recuerdo leer, hace muchísimos años, un libro, no sabría decir el título, en el que el protagonista se llamaba algo así como «Gaviota» y tenía una hermana que se llamaba «Mangas Verdes», no estoy segura de si eran así exactamente, pero eran parecidos. Claro que también creo que debe haber una razón para llamarles así, por suceder algo en concreto durante su nacimiento o por una característica física, no sé.
Acabo de caer en la cuenta: Caperucita, Cenicienta, Pulgarcito… Sí, no soy muy espabilada.
—De verdad, no puedo contigo…
Me viene a la memoria otro libro que usaba nombres de cosas o, incluso, de profesiones, pero la sensación que tuve en ese momento es que su elección era muy aleatoria, porque solo lo usaba para los personajes secundarios o poco importantes y era algo así como «Casilla 23», «Escalón», «Hijo de panadero», «Botella de agua». Parecía que quien lo escribió mirara a su alrededor y pusiera de nombre lo que tuviera cerca, la verdad es que me resultó chocante en exceso y en ese caso no me gustó la idea, de alguna manera lograba sacarme de la historia.
Supongo que todo tiene un límite y todo ha de tener un sentido o algún tipo de lógica, es otra enseñanza para ser «escribiente» que me llevo hoy. Me aplicaré el cuento e intentaré no caer en ese error (por descontado habrá muchos otros en los que caeré sin ser siquiera consciente).
Ale, después de los lloros y la pataleta, me voy a leer un ratito. Esta novela que tengo entre manos me tiene intrigada. ¿Conseguirá Qr'Fedee-rihco reparar la nave a tiempo para terminar su trabajo y, además, llevar a RRoos-sahu'ura al baile en la estrella Kp'Bril·lahan-tina?

Escribid mucho. ¡Nos vemos pronto!